| José Ernesto Delgado Hernández |
(Buenos Aires)
Compartimos poemas del portorriqueño José Ernesto Delgado Hernández, se pueden leer en el siguiente enlace:
https://2019poetasarchivosdelsur.blogspot.com/2026/04/poemas-de-jose-ernesto-delgado-hernandez.html
José
Ernesto Delgado Hernández (Caguas, Puerto Rico, 1981) es poeta, narrador y
gestor cultural. Autor de ocho
poemarios, entre ellos La brújula de los pájaros (2016), 1923 (2019, EDP University), Ninguna patria bajo los pies
(2024), Los pájaros que olvidé en el pasado regresaron a mi balcón (Santa Rabia Poetry, Perú, 2023)
y Caballito de palo (Editorial Destellos, 2024). Su obra se caracteriza por una voz
introspectiva, existencial y confesional que indaga en la memoria, la herida, el silencio y la búsqueda del ser
a través del lenguaje.
Ha
representado a Puerto Rico en más de quince festivales y encuentros
internacionales de poesía, entre ellos
el Festival Mundial de Poesía Contemporánea de San Cristóbal de las Casas (México), The Americas Poetry Festival of New
York, el Festival Internacional de Poesía de
los Confines (Honduras), el Festival Iberoamericano de Poesía (Chicago),
y el Festival Amada Libertad (El
Salvador).
Ganador del
Premio Internacional de Poesía Juana Goergen 2025, otorgado por DePaul University y el Festival Poesía en abril de
Chicago, su obra ha sido publicada en diversas
antologías internacionales y revistas literarias de América Latina,
Estados Unidos y Europa.
Es creador del canal audiovisual Poesía en el carro, proyecto que busca acercar la poesía al público general mediante lecturas interpretadas de poetas clásicos y contemporáneos. Su escritura —de tono ético, melancólico y contemplativo— transita entre la vulnerabilidad y la lucidez, reafirmando la poesía como un espacio de resistencia interior y revelación.
Asimismo, se publican dos comentarios de sus libros 1923 Abuela Lula y Es tristemente bello escribir un poema donde morirse:
Un poemario bellamente triste por Françoise Roy
El poemario
Es tristemente bello escribir un poema donde morirse de José Ernesto,
publicado por Buenos Aires Poetry, tiene
una dimensión mitológica que me remite a la visión griega del mundo, tal y como la desarrollaron, al lado de los
grandes filósofos, los macedonios y atenienses antiguos que miraban el cielo e intentaban descifrarlo
como indicador de eventos. Lo digo porque en este libro están muy presentes todos los elementos que los
astrólogos griegos atribuían a la cuarta casa zodiacal, es decir, el lugar fundacional de una persona: esta
“casa” (que es un gajo de lo que rodea la eclíptica de la Tierra) describe, simboliza o contiene varias
cosas: el país natal, el hogar, la familia de origen (con todo y ancestros), la patria potestad, el padre,
la casa en tanto que edificio físico hecho de ladrillos, cemento o maderas, la cuna (es decir, de dónde viene
uno) y la tumba (es decir, el desenlace de su vida). Es el nadir de la existencia, el comienzo y el fin
de las cosas. Todos esos elementos, que el zodiaco griego consideraba ligados simbólicamente, están
finamente cincelados en este libro de gran vuelo lírico.
Está la
casa, y la de José Ernesto, como primer andamio de los poemas, está rota. Uno
siente que se le caen los muros o que
sus paredes son indiferentes a quien la habita, pero, aun así, la casa sigue siendo hogar, por tambaleante que sea,
y merece cabalmente los versos que el autor le dedica con mucha fuerza evocativa. A prueba de ello,
cito:
¿qué haces
si el techo de la casa
que no te
pertenece
se te cae
encima y
quedas a la
intemperie
de una vida
desmemoriada?
El lector
encuentra el hogar, con su cotidianeidad (el café, las mascotas que comparten
espacio y vivencias con uno mismo), las
habitaciones que no reconocen a su morador. Sin embargo, el autor sabe mezclar con mucho tino lo concreto y lo
abstracto, lo contundente y lo simbólico (que siempre tienen muchas lecturas) porque la poesía es
en esencia un intento de ordenamiento semiótico, un arreglo de signos. El autor lo expresa de
esta manera:
miras
alrededor: los enseres,
las
puertas, las cerraduras,
todo te da
la espalda,
ninguna
esquina guarda
La patria,
elemento crucial de la cuarta casa zodiacal, también, en este poemario, está
defectuosa. Es violenta, no no le ve mucho futuro, ha dejado escaparse los
recuerdos felices, pero el autor sabe
transmitir, pese a las fallas del territorio, de los lares, y lo que pareciera
ser su condena, un amor, una nostalgia
que le dan relieve a los versos.
El padre,
aunque es escasa o veladamente nombrado, es ahí, en el corazón de esas páginas,
un doloroso factor de abandono. Da el tono a muchos de los poemas, que son
testimonios de su ausencia. El autor lo
expresa en ese tono “tristemente bello” que colorea todo el poemario:
yo que no
supe ser joven,
disfrutar
la noche y sus vicios,
por querer
amarrarme a un
mal amor
tan temprano;
que nunca
aprendí a decir
“papá”
desde la añoranza,
que me
quedé esperándolo
y se
hicieron cenizas sus palabras;
que en dos
ocasiones perdí
en el
intento de la paternidad
Si la
cuarta casa del zodiaco griego es la cuna y la tumba del sujeto, José Ernesto
lo expresa con un timbre conmovedor que
le da mucho realce al libro. Del origen, el autor dice que nació” con un dolor en los huesos del alma, como decir un
sufrimiento ancestral como una herida heredada al ser concebido”. Y estos versos me remiten a unos
versos de un poeta turco —cuya referencia no
encuentro, pero cuyos versos dejaron huella en mí— que dice que las
heridas estaban antes de que uno naciera
y que la persona, de hecho, nació para tenerlas.
El
poemario, en resumidas cuentas, logra lo que mejor hace el yo lírico cuando el
poeta habla con oficio, sensibilidad,
maestría lingüística y perspicacia, con amor al idioma: evoca, conmueve y da a pensar.








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